martes, 19 de septiembre de 2017

El peso de la noche y también sus ruinas

Leonardo Longhi

(Buenos Aires, Argentina,  1968)

(…) y te acomodas a un carácter,
lo siembras,
y preparas un destino.
(Girri, “Corazón como raíz”)

CICLO

Cada día mi oración
Es la primera melodía de un árbol
Que nadie puede ver.
Lento su
Mar hecho de ovejas, perros, lobizones.
“Mi mundito es tan pequeño”,
“Pero tu corazón es
El mundo”, dije, ¿o raíz de sí
En pura sangre, apología
De lo que se viene amansando en el dolor, en el morir
Para no morir como un sueño de princesas
En sus mares? ¿Corazón
De viejo árbol que ofrece
El tesoro de la ubicuidad a nuestro
Mundo de munditos, de retazos?
Estás en el nácar y en la tela
De la araña, en las
Palabras que no vienen
Al decir, en la frente de esos chicos
Que te abrazan. Me desvelan
Las siluetas de tu voz
En papelitos, los muñecos
Quitándose el sombrero y la razón del odio
Desvanecida en el rincón de los cerezos.
Esto bastaría para dejar la noche
A tus pies, el peso de la noche y también sus ruinas.
¿Hace falta una plegaria para que aparezca
El día? Agua lenta, luna yéndose
Sin andar, enamorada y tibia, su partida
Deja un surco de hojas
De oro despojándonos de anhelos,
Como si supiera que no hay
Más mundo que el perdido
Y recobrado en las barajas de una mano.
Viejo árbol, raíz de lo visible, suelta el hilo rojo
De su raudo corazón.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Santa inutilidad de la belleza

Salvadora Medina Onrubia
(La Plata, Buenos Aires, Argentina, 1894-id, 1972)

Mi verso...

Como una juglaresa con sus bolas doradas
juego yo con los metros
para mí, el metro no tiene secretos ¡pero odio el metro!
Como la domadora india de panteras
que con una mirada arrodilla sus fieras
he domado la rima.
Pero odio la rima.

Me enferma la asonancia monótona del verso medido
del verso rimado
me crispa los nervios ese sonsonete
bárbaro y cansino del verso latino
odio rima y metro
estúpidas leyes
que atreverse quieren a encerrar la ideal suelta, libre y única
en estrechos caminos trillados
en cuadros medidos y clasificados.

Santa inutilidad de la belleza
y belleza sagrada de lo libre.

Amo la idea en bruto que surge impetuosa
igual que un torrente
la que no conoce vallas ni caminos
y rompe con todas las leyes posibles
abriéndose cancha
por donde a su antojo soberano andará
igual que un torrente brutal de belleza
que salta por todo
¡Quiero que mi verso
se abra paso, rugiente y sonoro
y libre
igual que un torrente brutal de belleza
que arrase con todo!
***
Transmigración

Yo soy la hierofántida de la Melancolía
custodio en sus altares grandes vasos votivos
mi voz grave, ennoblece, serena, los motivos
piadosos de los salmos que canto cada día.
En los divinos tiempos que Grecia florecía
yo los fuegos sagrados mantuve siempre vivos
y ya sola en el templo con mis dioses esquivos
de un tajo abrí mis venas…En mi larga agonía
de las turbas cristianas yo escuchaba las voces
fui la última pagana que murió con sus dioses!
Hoy mi alma rediviva presiente que como antes
al templo que custodia llega la turba ansiosa…
Volveré a abrir mis venas, y a los pies de la diosa
las gotas de mi sangre serán como diamantes.
***
General Uriburu:
Acabo de enterarme del petitorio presentado al Gobierno Provisional pidiendo “magnanimidad” para mí.
Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado – en este momento de cobardía colectiva-, al atreverse – por mi piedad-, a desafiar sus tronantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido.
“Magnanimidad” implica perdón a una “falta”. Y yo, ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.
Señor General Uriburu: Yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente.
Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama Karma (no es un explosivo, es una ley cíclica). Esta creencia me hace ver el momento por el que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal pero necesaria para despertar a los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ellos.
Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no es la más dura de las que mi destino, es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura, y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy en este momento como un símbolo de mi patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidades.
En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado me siento más grande y más fuerte que usted, que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables e infamar a una mujer ante los ojos de sus hijos… y eso que tengo la vaga sospecha de que usted debió salir de algún hogar y debió también tener una madre.
Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo –en este inverosímil asunto de los dos-el degradado y el envilecido es usted, y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo.
General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras, y sienta cómo, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio.
Salvadora Medina Onrubia
Cárcel del Buen Pastor, julio 5 de 1931

viernes, 18 de agosto de 2017

Ver el cielo en verano

Emily Elizabeth Dickinson 
Tomado de Pinterest

(Amherst, Massachusetts, 1830-ibídem, 1886)

340

¿Es la Dicha un Abismo por lo tanto
que no me deja dar un paso en falso
por miedo a que el calzado se me arruine?

Prefiero que mis pies se den el gusto
a cuidar los Zapatos –
porque en cualquier zapatería una
puede comprar
un nuevo Par –

Mas la Dicha se vende una vez sola.
Perdida la Patente
nadie podrá comprarla nunca más –
Díganme, Pies, decidan la cuestión
¿debe cruzar la Señorita, o no?
¡Expídanse, Zapatos!
*
340
Is Bliss then, such Abyss,

I must not put my foot amiss

For fear I spoil my shoe?



I’d rather suit my foot

Than save my Boot—

For yet to buy another Pair

Is possible,

At any store—


But Bliss, is sold just once.

The Patent lost

None buy it any more—

Say, Foot, decide the point—

The Lady cross, or not?

Verdict for Boot!


(Traducción de Ezequiel Zaidenwerg)
**
1472


Ver el Cielo en Verano
Es Poesía, aunque no esté escrito en ningún Libro—
Los Verdaderos Poemas huyen—

*
To see the Summer Sky
Is Poetry, though never in a Book it lie —
True Poems flee —

Versión s/d.

domingo, 6 de agosto de 2017

El temblor de la pluma de su lapicera

Raymond Carver

(Clatskanie, EE.UU., 1938 - Port Angels, id., 1988)

Una tarde

Mientras escribe, sin observar el océano,
siente entre sus dedos
el temblor de la pluma de su lapicera.
La marea se retira arrastrando
pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no,
con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella
en ese instante ha decidido entrar
completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no puede imaginar
dónde está. Se dirige al baño. Sacude su cabellera.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados,
la cabeza inclinada; las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
              Quizás,
ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira.
Y sonríe con mucha dulzura.
**
Mi muerte

Si tengo suerte, estaré conectado
a una cama de hospital. Tubos
por la nariz. Pero intentad no asustaros, amigos.
Os digo desde ahora que está bien así.
Poco se puede pedir al final.
Espero  que alguien telefonee a los demás
para decir, “¡ven rápido, se está yendo!”
Y vendrán. Así tendré tiempo
para despedirme de las personas que amo.
Si tengo suerte, darán un paso adelante
para que pueda verles por última vez
y llevarme ese recuerdo.
Puede que bajen la mirada ante mí y quieran echar a correr
y aullar. Pero, al menos, puesto que me quieren,
me cogerán la mano y me dirán “Valor”
y “Todo va a ir bien”.
Y tienen razón. Todo va a ir bien.
Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho.
Sólo espero que siga la suerte y pueda mostrar
mi agradecimiento.
Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir
“Sí, te escucho. Te entiendo”.
Incluso que pueda llegar a decir algo así:
“También yo te quiero. Sé feliz”.
¡Así lo espero! Pero no quiero pedir demasiado.
Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,
me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté
de tu compañía todos estos años. En cualquier caso,
no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas
que fui feliz contigo.
Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia
de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,
salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.
**
Dos mundos

En el aire denso
con olor a azafrán,

sensual olor a azafrán,
miro cómo desaparece el cielo limón,

un mar que cambia de azul
a negro aceituna.

Miro el relámpago que salta desde Asia como
dormido,

mi amor se agita y respira y
se vuelve a dormir,

parte de este mundo y sin embargo
parte de aquél.

Traducción de Esteban Moore.

sábado, 5 de agosto de 2017

Un azul casi inhumano

PATTI SMITH

(Chicago, EE.UU., 1946)

“Lo que he perdido y no puedo encontrar, lo recuerdo. Lo que no puedo ver, intento evocarlo. Funciono a base de impulsos concatenados que rayan la iluminación.”

Carta de despedida a Sam Shepard
(Fragmentos)

My Buddy (Mi Colega)

Pocas veces la traducción de dos palabras se queda corta: ¿Cómo traducir My buddy? ¿Mi amigo? ¿Mi mejor amigo? ¿Mi amigo del alma? 
“Él me podía llamar tarde, por la noche, desde un punto perdido, un pueblo fantasma de Texas, un área de servicio de Pittsburgh, o de Santa Fe, donde habría detenido su coche en el desierto, para escuchar a los coyotes aullar.”

Cantó en esas montañas al lado de una fogata, canciones escritas por hombres rotos enamorados de su propia naturaleza desaparecida. Envuelto en mantas, durmió bajo las estrellas, a la deriva en las nubes de Magallanes.

“Sam me prometió que un día me mostraría el paisaje del suroeste, porque aunque viajaba mucho, yo no había visto mucho de nuestro propio país. Pero Sam tenía su mano debilitada por una enfermedad debilitante. Eventualmente dejó de empacar e irse. Desde entonces, lo visité, y leímos y hablamos, pero sobre todo trabajamos. Trabajamos en su íntimo manuscrito, como valentía reunió una reserva de resistencia mental, haciendo frente a cada reto que el destino le asignó. Su mano, con una luna creciente tatuada entre su dedo pulgar y su dedo índice, descansaba en la mesa frente a él. Ese tatuaje era un recuerdo de nuestros días jóvenes, el mío un rayo en la rodilla izquierda.
“Al repasar un pasaje en el que describía el paisaje del oeste, de pronto me miró y me dijo: ‘Lamento no poder llevarte ahí’. Sonreí, porque de alguna manera él ya lo había hecho. Sin una palabra, con los ojos cerrados, recorrimos el desierto americano que desplegaba una alfombra multicolor: el polvo del azafrán, luego rojizo, incluso el color del vidrio verde, verdes dorados, y luego, de repente, un azul casi inhumano. Arena azul, le dije, llena de asombro. ‘Azul todo’, dijo, y las canciones que cantamos tenían un color propio.”
No teníamos que hablar, y eso es una amistad real. Nunca incómoda con el silencio, el cual, en su forma bienvenida, es una extensión de la conversación. Nos conocíamos el uno al otro desde hace tanto tiempo. Nuestros caminos no podían ser definidos o despedidos con unas pocas palabras describiendo una juventud despreocupada. Éramos amigos, para bien o para mal, sólo éramos nosotros mismos. El paso del tiempo no hizo otra cosa más que reforzar eso." 
Me imaginé sentada en la mesa de la cocina, alcanzando esa mano tatuada.


Fuentes: The New Yorker y Periódico La Jornada

viernes, 4 de agosto de 2017

Lo más asombroso de todo es que éramos honrados

William Saroyan

(EE.UU., 1908-1981)

De Cosa de risa
Se encontrarían con esas personas -esos desconocidos-, cada mujer y marido conocería a esos extraños y todos se mostrarían amables unos con otros. Se alegrarían de verse. Las voces volverían a la vida para que las oyeran esos otros. Cada uno de ellos recordaría en su fuero interno cosas buenas, y al recordarlas, se alegrarían de haberlas vivido. Serían divertidos, solidarios, inteligentes, ingeniosos. Beberían y después volverían a beber. Hasta podrían llegar a reirse. A algunos quizá se le ocurriera algo que decir para que todos los demás se rieran. Podrían reirse muchísimo, hasta el extremo de sentirse un poco avergonzados. Quizá sería la misma penumbra la que al principio arrancara las risas. El rojo del cielo, la quietud de las niñas, el súbito recuerdo de sus hijos jugando en el jardín de atrás de la inmensa compasión y bondad y preocupación que sus hijos mostraban por ellos, incluso el recuerdo de los estallidos de maldad y fealdad de sus hijos, como si ya hubieran dejado atrás la infancia.
Cada uno de los cuatro sabría lo peor sobre sí mismo, pero lo pondría a un lado, y así permanecería oculto todo el tiempo que estuvieran juntos, y casi olvidado. Casi, pero no del todo. De vez en cuando aparecería un indicio en sus ojos.
Sin embargo, por un momento conocerían el bienestar. Sabrían que el bienestar es una mentira, también. Sabrían que es desesperado y triste, pero no se preocuparían por ello. Sostendrían sus copas en la mano y beberían, hablando rápidamente, con facilidad y sin sentido. 
**
De La comedia humana
No sentía ni amor ni odio sino algo parecido al asco, y al mismo tiempo una gran compasión, no solamente por aquella pobre mujer, sino por todas las cosas y por la forma terrible que tenían de resistir y morir. Se imaginó a la mujer en el pasado, una hermosa joven sentada junto a la cuna de su bebé. Se la imaginó observando aquella asombrosa cosa humana, sin habla e impotente y llena de porvenir. La vio mecer la cuna y la oyó cantar al niño. Mírala, se dijo a sí mismo. De pronto se encontró en su bicicleta, pedaleando a toda prisa por la calle a oscuras, con los ojos llenos de lágrimas y murmurando palabrotas juveniles y descabelladas. Cuando llegó a la oficina de telégrafos ya había dejado de llorar, pero todo lo demás había empezado, y él sabía que no había forma de detenerlo. – De otra forma yo también estaría muerto -dijo, como si lo estuviera escuchando alguien que no tuviera muy buen oído.
**
De El audaz muchacho del trapecio volador
Por el aire en un trapecio volador, canturreaba en su cabeza. Qué divertido era, era increíblemente gracioso. Un trapecio hacia Dios, o hacia la nada, un trapecio que vuele a algún tipo de eternidad; rogaba a conciencia por la fuerza que se precisa para que el vuelo sea agradable.

Tengo un centavo, se dijo. Una moneda americana. En la noche la puliré hasta que reluzca como un sol y estudiaré bien lo que dice en ella.

Caminaba por la ciudad misma, entre los otros seres vivos. Había uno o dos lugares a los que ir. Vio su imagen en las vidrieras de las tiendas y se decepcionó con su apariencia. No se veía tan fuerte como se sentía; de hecho, parecía un muñecote enfermo, enfermo en todos lados, la nuca, los hombros, los brazos, la columna, las rodillas. Nunca se cumplirá esta voluntad, se dijo, y con cierto esfuerzo trató de juntar sus partes y ponerse tenso, artificialmente erecto y sólido.

Pasó por varios restaurantes asumiendo una disciplina magnífica, rehusándose incluso a mirar dentro y llegó al final a un edificio al que decidió entrar. Subió en el ascensor hasta el decimoséptimo piso, caminó por el recibidor y luego de abrir una puerta, caminó hasta la oficina de desempleo. Había antes que él una docena de hombres; se quedó en una esquina, esperando a que llegara su turno. Finalmente era galardonado por este gran privilegio de ser entrevistado por un flaca y atolondrada señorita de cincuenta años.

Estaba avergonzado. Escribir, dijo patéticamente. ¿Quiere decir que su caligrafía es buena? ¿Es eso?, dijo la longeva doncella. Bueno, sí, respondió. Pero me refiero a que sé escribir. ¿Escribir qué?, dijo la mujer, casi con enojo. Prosa, dijo simplemente. Se hizo una pausa. Al final, la mujer dijo: ¿Sabe usar una máquina de escribir? Por supuesto, dijo el muchacho.
Está bien, vaya; tenemos su dirección; estaremos en contacto con usted. No hay nada, nada esta mañana, nada en absoluto.

Traducción: Martín Abadía
**
De Mi nombre es Aram
(La historia del caballo blanco)
Yo sabía bien que mi primo Murad era de los que gozan simplemente con estar vivos más que cualquiera de esos que vienen al mundo por equivocación, pero esto, desde luego, superaba a lo que podían creer mis ojos.
Lo primero de todo era que mis más remotos recuerdos eran recuerdos de caballos, y mi anhelo mayor, el montar a caballo.
Esta era la parte maravillosa.
La segunda razón es que nosotros éramos pobres. Por esta segunda razón es por lo que yo no podía creer lo que estaba viendo.
Éramos pobres. No teniamos dinero. Toda nuestra tribu vivía en la miseria. Cada una de las ramas de la familia Garoglanián vivía en la más asombrosa y más cómica miseria del mundo. Nadie podía comprender de dónde sacábamos el dinero indispensable para llenarnos el estómago, ni siquiera poder llenarles el estómago a los viejos. Lo más asombroso de todo es que éramos honrados. Toda la familia había sido famosa por su honradez a lo largo, más o menos, de once siglos, aun en el tiempo en que solíamos ser los más ricos, de lo que entonces nos parecía el mundo. Éramos, primero orgullosos, luego honrados y creíamos, además, en el mal. Ninguno de nosotros sería capaz de aprovecharse de nadie en el mundo, aunque no fuera más que robándole.
**
La historia del caballo blanco. Final.
Una mañana, cuando íbamos a encerrarlo en el granero de la viña desierta de Fetvajián, nos topamos de manos a boca con el granjero John Byro, que venía de la ciudad.
--Deja que le hable yo - dijo mi primo -. Yo sé bien cómo hay que tratar con los granjeros.
--Buenos días, John Byro - dijo Murad.
El granjero se quedó mirando con mucha atención al caballo.
--Buenos días, hijos de mis amigos - contestó-. ¿Cómo se llama este caballo vuestro?
--Se llama Corazón - le dijo mi primo Murad en armenio.
--Bonito nombre - dijo John Byro - para un caballo tan bonito. Podría jurar que es el mismo que me han robado hace unos meses. ¿Me dejáis que le mire la boca?
--Naturalmente - dijo el primo Murad.
El granjero le miró la boca al caballo.
--Pelo por pelo y diente por diente - dijo-. Si no conociese tan bien a vuestros padres, juraría que era éste mi caballo. Pero bien sé la fama de honradez de vuestra familia. Sin embargo, el caballo es hermano carnal del mío. Si yo fuera desconfiado, creería más a mis ojos que a mis sentimientos. Adiós, amigos míos.
--Buenos días, John Byro - contestó mi primo Murad.
A la mañana siguiente, temprano, cogimos el caballo y lo llevamos a la granja de John Byro y se lo dejamos en el granero. Los perros vinieron detrás de nosotros sin dar un ladrido.
--Estos perros... - le dije yo muy bajo a Murad -. Creí que iban a ladrar.
--A otro cualquiera le ladrarían- dijo Murad -. Pero yo sé cómo hay que entenderse con los perros.
Mi primo Murad abrazó al caballo, juntó su nariz con la nariz del animal, le acarició y luego nos fuimos.
Aquella tarde John Byro vino a nuestra casa en su tartana y le enseñó a mi madre el caballo robado y devuelto.
--Yo no sé que pensar - dijo -. El animal ha venido más gordo que cuando se fue. Y más manso también. Doy gracias a Dios.
Mi tío Kosrove, que estaba en la salita, se excitó y empezó a bramar:
--Calma, hombre, calma. El caballo ya ha aparecido. No tiene ninguna importancia.

jueves, 3 de agosto de 2017

No “murmuran”, sino “cantan”

Juan Fernando García  

(Necochea,  Buenos Aires, Argentina, 1969)

¿Es una obviedad,
un lugar común pensar
una y otra vez que los árboles
“murmuran” un idioma trabado
por el viento?
Las casuarinas
inventan sobre el mediodía
un silbido de notas afinadas;
sobre la tarde austera de sol,
vuelve su augusta melodía,
y descubro que los árboles de esta vera
no “murmuran”, sino “cantan”.
**
Aires de La otra orilla
para Alicia Genovese


Como si pudiera
quedarme suspendido
¿pura perpetuación
de un instante tan fugaz?
–anécdota, a fin de cuentas,
de un transcurrir moroso
en esta
naturaleza galante del Delta

casa, jardín, cotorras
lluvia a raudales
y todo esplende
y brillo cegador

suspensión del viento
que mueve incansablemente
las hojas
infla un short, flamea
una toalla verde oscuro
tiemblan cuatro vasos de colores
sobre la baranda
de la galería.
**
Sobre el Carapachay

Celebra lo inasible,

esas briznas que dan
la luz en las almenas
de esta otra fortaleza.
Lo que supone un viento
del nordeste en su premura
la prematura idea de sosiego.
Así, como días de vacaciones
robados al trabajo, al yugo diario

entonces: huida al río, a las siestas
que van a dar al muelle
una estelar presencia
y la repetición de rituales
de persistencias

nada es igual
aunque parezca
en el giro de las estaciones
en la velocidad de la noche
que nos acompaña.
de Sobre el Carapachay, Leviatán, 2017.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Esa mujer, colgada, titila. Parece un faro

Raquel Cané
(Santa Fe, Argentina, sin datos)


Tomada de ellitoral.com

De Cartas a H.
1)
Vivirás en una isla. Pienso en los accesos a los lugares. 
Puentes, autopistas, caminos, subterráneos.
Una isla conectada. Las vías radios de corriente sanguínea.
Llegarás por el aire, caerás hasta entramarte en las calles, hasta tener tu puerta, hogar, escondite.
Donde vivo, un sólo camino llega hasta mi casa. Un tajo en la tierra que es fango cuando llueve.
Aquí la sangre de los muertos se seca bajo el sol y brota de los animales que matamos para comer. No hay vías que drenen el flujo de llegada o de partida. 
Lo que vive enraíza, se aprende, se come, se entierra.
¿No es fácil aterrizar, no es así?
De volar, no sé. Sólo miro los pájaros. 
**
6)
H, me contás del ruido, de los rascacielos no quisiste hablar. Entiendo, el ruido los tapa, aún al brillo.
¿Sabías que le llaman “piel de cielo” a los revestimientos de algunos edificios?
Verse en la ciudad, un juego de espejos.
Mientras te escribo una vaca me mira del otro lado de la ventana.
Se acercó a pastar bajo el alero. Las primeras heladas quemaron lo que crece.
¿Qué te aturde? ¿Las voces que se multiplican? ¿Las sirenas?
Decodificar no es simple, en el ruido uno entra para entender y se vuelve parte de él.
¿Querés perderte?
Gracias por la foto de la silueta en neón. Esa mujer, colgada, titila. Parece un faro.
**
14)
H, las manos se asoman en la base del lienzo. Están juntas pero no se tocan. Son casi blancas. Los pliegues del abrigo azul guardan algo del violeta mentiroso.
El abrigo está abierto, no le he pintado botones, sólo ojales.
El fondo cierra el cuello, a la altura de la garganta, negro.
En la cara se esboza la boca, creo que es pequeña, aunque lo sabré cuando mire los ojos. Está cerrada. Hace días que no recibo noticias tuyas.
¿Terminaste los exámenes?
**
22)
H, la oscuridad se demora en verano, escribo bajo el alero, después de que pasara la nube de mosquitos. Pareciera que las pausas las marcan los grillos, esta humedad no dejará que me despegue de la silla. Pienso qué velo, las cosas no se moverán de su sitio y nadie protestará en la mañana si olvido lavar los cacharros. Deambular a tientas, entre sillón y mesada, los objetos guardan la terquedad de la memoria sobre lo conocido, ese trayecto en que no tropiezo y sin embargo, mientras busco en otro desorden, quién sabe qué.
Por eso mejor estar afuera, ahora que el cuerpo está suelto, ahora que la pesadez quedó guardada en los placares.
A veces la oscuridad es bendición ¿no creés? El paisaje desaparece. Es cierto, sí, que con esfuerzo podemos acercar, aquel álamo que se incendiara en la tormenta, o la pequeña luz de un rancho, poco importa. La oscuridad es benévola, descansa aunque estemos despiertos.
¿Cómo son tus noches? ¿Desaparece el paisaje o sos vos quien tiene que hacerlo?
No quiero desaparecer, ¿sabés? 

Inédito


martes, 1 de agosto de 2017

En esa otra oscuridad

Silvina López Medin

(Buenos Aires, Argentina, 1976)

De noche

Se bañó mientras todos dormían
se puso un camisón a oscuras
miró los ojos cerrados del otro una vez más
pisó suavemente las tablas del suelo y no crujieron
abrió la heladera
tomó agua bajo esa única luz
se quedó quieta, atenta a los sonidos: la casa, los suyos
respiraban. Abrió la ventana: en alguna parte había música
no distinguía dónde era la fiesta 
unos volvían, otros iban 
hacia ahí: 
no siguió el ritmo de esa música no sacó el cuerpo por la ventana para ver más no abrió con desesperación una botella no dejó caer un bretel no se pintó la boca al rojo vivo no besó el vidrio no besó no se frotó los labios para no dejar marca no cerró los ojos para perderse no quiso llegar a esa fiesta en el centro de esa fiesta no hay nadie nadie, se dijo. 
No cerró la ventana,
caminó hacia su habitación
ciega, guiada por el roce de las cosas
así volvía a la casa de sus padres cuando era tarde y el miedo
era algo preciso: ser descubierta.
Tocó el borde de la cama, se dejó caer
en esa otra oscuridad
esperó.
***
Algo que aprender de una tormenta

¿habrá más
agua? 
¿habrá algo
que como un rayo aparte el sonido
de la luz,
nos aparte? 
esta llovizna
estos gestos moderados del agua 
se nos pegan
caminamos pegados
a las paredes
sin aleros
sin desesperación
en la insistencia de estar
secos,
a salvo de qué.

De Excursión, inédito.

lunes, 31 de julio de 2017

Sombras y violenta marejada

NINÍ BERNARDELLO
(Cosquín, provincia de Córdoba, Argentina, 1940. Reside en Río Grande, Tierra del Fuego, id., desde 1981)


Poética

Dimensión oculta
un desparpajo
para seguir hablando.
¡Qué sé yo de qué!
Pienso siempre
en un papel de calcar
colocando sobre textos
antiguos, sagrados
Sobre escrituras ajenas
copiarlos y copiarlos
como si fuesen
dibujos de maravillas
quitarle partes
transformando otras
hasta realizar una copia
que no deje vestigio
del original.
**

Se fue Moreira al claustro
de las estrellas. Dejó su pasión
en una pared encalada y ajena.
Hubiera querido entender
de golpe, su misterio. Me digo:
es la vida nuestra de compadres
peones y capataces entreverados
a gritos, oliendo a tabaco negro
y alcohol barato. Pienso por qué
a la suerte se le antojó siempre
sangrar de este lado de la vida.
Morir, morirnos sin chistar
mirando el cielo o al suelo.
**
Mítica

Sombras y violenta marejada. Bordes nítidos
sobre un vacío irreal, de fin del mundo.
Las cumbres bajo la niebla son lenguaje
reverente y consagrado por la intemperie
de todo lo visto como si fuera último.
Eso que termina y recomienza
siendo inicio, núcleo, raíz de todo-todo lo vivo.
Montañas invisibles para los ojos
del que invadiendo conquista
y corta, impiadoso, con el pasado.
**

Una ciudad de cristal blanco
en una niebla de plata y oro
La belleza del frío invernal
gana, en su exceso, un arrebato
hacia lo alto, un aleluya perfecto.

domingo, 30 de julio de 2017

¿Os prosternáis, Millones de seres?

Friedrich Schiller 

(Marbach, Alemania, 1759 - Weimar, id., 1805) 

Coral del cuarto movimiento de la novena sinfonía de Ludwig van Beethoven

¡Alegría, bella chispa divina,
 hija del Elíseo!
 ¡Penetramos ardientes de embriaguez,
 ¡Oh celeste, en tu santuario!
 Tus encantos atan los lazos
 que la rígida moda rompiera;
 y todos los hombres serán hermanos
 bajo tus alas bienhechoras.

Quien logró el golpe de suerte,
 de ser el amigo de un amigo.
 Quien ha conquistado una noble mujer
 ¡Que una su júbilo al nuestro!
 ¡Sí! que venga aquel que en la Tierra
 pueda llamar suya siquiera un alma.
 Pero quien jamás lo ha podido,
 ¡que se aparte llorando de nuestro grupo!

Se derrama la alegría para los seres
 por todos los senos de la Naturaleza.
 todos los buenos, todos los malos,
 siguen su camino de rosas.
 Ella nos dio los besos y la vid,
 y un amigo probado hasta la muerte;
 Al gusanillo fue dada la Voluptuosidad
 y el querubín está ante Dios.

Alegres como vuelan sus soles,
 A través de la espléndida bóveda celeste,
 Corred, hermanos, seguid vuestra ruta
 Alegres, como el héroe hacia la victoria.

¡Abrazaos Millones de seres!
 ¡Este beso al mundo entero!
 Hermanos, sobre la bóveda estrellada
 Debe habitar un Padre amante.

¿Os prosternáis, Millones de seres?
 ¿Mundo presientes al Creador?
 Búscalo por encima de las estrellas!
 ¡Allí debe estar su morada!

¡Alegría, bella chispa divina,
 hija del Elíseo!
 ¡Penetramos ardientes de embriaguez,
 ¡Oh celeste, en tu santuario!
 Tus encantos atan los lazos
 que la rígida moda rompiera;
 y todos los hombres serán hermanos
 bajo tus alas bienhechoras.

¡Alegría, bella chispa divina,
 hija del Elíseo!
 ¡Alegría, bella chispa divina!


Versión definitiva 1808.
Publicado por fernando delgado. 
***
Amor y apetito

Muy bien dicho, Schlosser: se ama
lo propio; y si no se tiene
se apetece. El alma rica
ama, la pobre apetece.

Versión de J. L. Estelrich



sábado, 29 de julio de 2017

Su idioma se llama Queja

AUGUST STRINDBERG

(Estocolmo, Suecia, 1849-id., 1912)

"LA HIJA DE INDRA.- Y oigo sonidos que vienen de allá abajo … ¿Qué clase de seres viven allá?
LA VOZ DE INDRA .- Baja y verás … no quiero calumniar a los hijos del Creador, pero lo que oyes desde aquí es su idioma.
LA HIJA DE INDRA.- Suena como … no suena muy alegre.
LA VOZ DE INDRA.- ¡Así es! Su idioma se llama Queja. ¡Sí, sí! Los que habitan la Tierra son unas gentes insatisfechas y desagradecidas."
De Comedia Onírica.
**
Tras diez años en provincias estoy de vuelta en mi ciudad natal –ahora mismo, sentado a la mesa, comiendo con los viejos amigos–. Rondamos todos los cincuenta años, los más jóvenes del grupo pasan de los cuarenta o por ahí andan. Nos sorprende no haber envejecido desde la última vez. Se aprecia, desde luego, algo de gris en la barba y en las sienes, aquí y allá, pero hay también algunos que han rejuvenecido desde el último encuentro, y que reconocen que en torno a los cuarenta años sucedió un cambio notable en sus vidas. Se sentían viejos y dieron en pensar que su vida se acababa; descubrían enfermedades inexistentes; sus brazos se agarrotaban y les resultaba difícil enfundarse el abrigo. Todo se les antojaba viejo y raído; todo se repetía, todo sucedía siempre de la misma manera; la nueva generación se abría paso desafiante, sin prestar la más mínima atención a los logros de la anterior; sí, y lo más terrible era que los jóvenes descubrían las mismas cosas que nosotros habíamos descubierto y, peor aún, exhibían sus viejas novedades como si nadie antes hubiera barruntado nada.
*
Lo que he ganado con la soledad es poder decidir por mí mismo mi dieta espiritual. No tengo que ver a mis enemigos en mi propia casa, sentados a mi mesa, ni escuchar en silencio mientras alguien se burla de lo que yo más estimo; no tengo que escuchar, dentro de mi casa, la música que aborrezco; evito ver periódicos, tirados por ahí, con caricaturas de mis amigos y de mí mismo; me he liberado de leer libros que desprecio y de visitar exposiciones y admirar cuadros que no me gustan. En una palabra, soy dueño de mi alma en aquellos casos en los que uno tiene algún derecho de serlo, y puedo elegir mis simpatías y antipatías. No he sido nunca un tirano, lo único que he pretendido es dejar de ser tiranizado, cosa que no soportan las personas tiránicas. Al contrario, siempre he odiado a los tiranos, y esto es algo que los tiranos no perdonan.
*
Allí estaba yo sentado, con todo a mis espaldas: ¡todo, todo, todo! ¡La lucha, la victoria, la derrota! Todo lo más amargo y lo más dulce de la vida. Y entonces, ¿qué? ¿Estaba cansado y viejo? No, la lucha continuaba, con más furia que nunca, más en serio y a mayor escala, ¡adelante, siempre adelante! Pero, mientras que antes solo había tenido enemigos delante de mí, ahora los tenía delante y detrás. Me había tomado un rato de descanso para poder proseguir, y sentado en este sofá, en esta casa, me sentí tan joven y apto para la lucha como treinta años antes, con la diferencia de que ahora el objetivo era nuevo, pues las viejas piedras miliares estaban ya a mi espalda. Los que se habían detenido y quedado atrás querían, desde luego, retenerme, pero yo no podía esperar, por eso había tenido que salir a reconocer los desiertos solo, a buscar nuevos caminos y sendas; a veces, engañado por un espejismo, me tocaba darme la vuelta y retroceder; pero esto solo hasta llegar a una encrucijada; y desde allí, de nuevo hacia delante. 

De Solo. Mármara Ediciones. Traducción de Manuel Abella.
**

¡Poetas!
¿Todavía llorando por ideales perdidos?
¡Tienen todas las épocas su idea propia del mundo,
la tenemos nosotros sobre la realidad!
¡Guarda fidelidad vosotros a las vuestras!
¡Con las nuestras seguimos!

¡Poetas!
¿Por qué nobles salmodias sobre tan nobles temas?
En la vida brindada lo sublime es la vida.
¿Por qué tenéis por cierta la belleza aparente?
Es fea la verdad si hermosa es la apariencia.
¡Lo feo es lo auténtico!

De Mal de amor
**
Aquí descansa Ismael, hijo de Agar, cuyo nombre fue alguna vez llamado Israel, porque sostuvo una lucha con Dios, y no cesó de luchar hasta caer derrotado por su Dios omnipotente(…) Yo, que soy el que más sufre, cuyo tormento más penoso es éste: ¡No pude ser lo que anhelé!”

De Camino real

viernes, 28 de julio de 2017

Infatigables formas decididas

Foruq Farrojzad

(Teherán, Irán,  1935-id., 1967) 

REGALO

Hablo de lo profundo de la noche
Hablo de lo profundo de la oscuridad
y de lo profundo de la noche hablo:

Si vienes a mi casa amor mío
tráeme una lámpara
y un ventanuco
desde el que pueda mirar la feliz callejuela.
** 
Mi amado

Mi amado
con su cuerpo desvergonzadamente desnudo
Se paró como la muerte
sobre sus piernas

Infatigables formas decididas
siguen los contornos
de la contracción combatiente
de su figura firme

Mi amado
es algo como las generaciones olvidadas
En los rabillos de sus ojos es
como si siempre estuviera montado
un gitano al anca de un jinete
Como un bárbaro,
fascinado de la sangre de la víctima,
brillan sus dientes

Mi amado
tiene un inalcanzable deseo,
como la naturaleza
El reafirma
la incombatible ley del poder

El es libre como un salvaje
como un instinto sano
en los adentros de una isla desabitada
El se saca el polvo de sus zapatos
con trapos de la carpa de Majnon

Mi amado
desde el comienzo de su
existencia ha estado ausente,
como un dios en el Templo de Nepal
El es un hombre de los milenarios recuerdos
de la verdadera belleza

Igual que el olor de un niño
despierta a su alrededor
constantemente inocentes recuerdos a la vida
El está lleno de violencia y desnudez
como una hermosa canción

Con sinceridad
él ama
la semilla de la vida,
el grano de la tierra,
el dolor del hombre,
dolores verdaderos

Con sinceridad
él ama
una calle,
un árbol,
una copa de helado,
un cordel de la ropa

Mi amado
es una simple persona
simple como yo
en el monstruoso país del mal,
escondido entre los montes
de mis senos
como los restos sobrevivientes de una curiosa religión.


de Nuevo Nacimiento, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo/
Versiones de Clara Janés y Sahand

jueves, 27 de julio de 2017

Y de la condición humana lo consuelan

Giacomo Leopardi

(Recanati, Italia, 1798-Nápoles, id., 1837)

Canto nocturno de un pastor errante de Asia

¿Qué haces tú, luna, en el cielo? Dime, ¿qué haces,  silenciosa luna?  
Sales de noche, y vas,  
contemplando los desiertos; luego te escondes.  
¿Aún no estás contenta   
de recorrer las sempiternas vías?  
¿Aún no te has cansado, aún te gusta   
contemplar estos valles?  
Se asemeja a tu vida  
la vida del pastor.  
Sale con el alba;  
conduce el grey por el campo, y ve  
rebaños, fuentes y praderas;  
luego agotado reposa por la noche:  
no espera nada más.  
Dime, ¡oh luna!: ¿A qué le sirve  
al pastor su vida,  y a vosotros la vuestra? 
dime: ¿A dónde lleva  mi breve vagar,  
y tu camino inmortal?  

Viejecillo, canoso, enfermo,
harapiento y descalzo,
con una carga pesadísima en los hombros,
por montes y valles,
por peñascos, parameras, matorrales  
al viento, en la tormenta, y cuando arde  
la hora, y cuando luego hiela,  
se va, corre, ansía,  
cruza charcos y torrentes,  
cae, se levanta, se apresura aún más,  
sin pausa ni reparo,  
herido, ensangrentado; hasta que llega  
allí donde el camino,  
y donde el tanto fatigar destino encuentran:  
Abismo hórrido, inmenso,  
donde él precipitando, todo lo olvida  
Virgen luna,  tal 
es tu vida mortal.     

Nace el hombre a duras penas  
y es un riesgo de muerte el nacimiento.  
Siente pena y tormento  
como primera cosa; y desde el principio  
la madre y el padre  
lo consuelan por haber nacido.  
Después, mientras crece,  
el uno y el otro lo sostienen, y así siempre  
con actos y con palabras  
se esfuerzan de darle ánimo  
y de la condición humana lo consuelan:  
no hay otro oficio más grato  
para los padres que cuidar a su prole.  
¿Por qué dar vida,   
por qué mantener en vida  
a quien habrá que consolar por ella?  
Si la vida es desdicha  
¿Por qué la soportamos?   
Intacta luna, tal   
es el estado mortal.  
Mas tú mortal no eres,  
y tal vez de mi decir poco te importa.     

Tú, solitaria, eterna peregrina  
acaso entiendas, tú, tan pensativa  
este vivir terreno,  nuestro padecer, el suspirar, lo que es;  
que sea esto morir, este supremo  
palidecer del semblante,  
y perecer de la tierra, y desvanecer  
de aquellos que amábamos y que nos amaban  
Y tú cierto comprendes  
el porqué de las cosas, y ves el fruto  
del día, de la noche  
del tácito, infinito andar del tiempo.  
Tú sabes, sin duda, a cuál dulce amor suyo  
ríe la primavera,  
a quién es útil el ardor, y qué procura  
el invierno con sus hielos.  
Mil cosas sabes tú, 
miles descubres,  
que están ocultas al humilde pastor.  
A menudo, cuando te miro  
estar tan muda sobre el desierto llano,  
que en su lejano horizonte, se une con el cielo;  
o bien con mi rebaño  me sigues viajando poco a poco;  
y cuando miro en el cielo arder las estrellas;  
digo dentro de mí:  
¿Para qué tantas luces?   
¿Qué hace el aire infinito, y la profunda   
serenidad infinita? ¿Qué signifíca esta  
soledad inmensa? ¿Y yo qué soy?  
Así hablo a mí mismo: y del universo  
ilimitado y soberbio,  
y de la innumerable familia;  
luego de tanto afanarse, de tantos movimientos  
de cuerpos celestes, de cada terrena cosa  
que giran sin detenerse  
para volver siempre al punto de partida;  
ninguna utilidad, ningún fruto  
sé adivinar. Mas tú por cierto,  
jovencita inmortal, todo lo sabes.  
Esto yo sé y comprendo  
que de los eternos movimientos,  
que de mi frágil existencia  
algún beneficio o placer  
otros hallarán; para mí la vida es dolor.  

¡Oh rebaño mío qué feliz reposas,   
que tu miseria, creo, no conoces!  
¡Cuánta envidia te tengo!  
No sólo porque de afanes  
casi libre vas;  
que cada dificultad, cada sufrimiento  
cada miedo extremo de inmediato olvidas;  
y porque el tedio jamás lo pruebas.  
Cuando te tumbas a la sombra, sobre el prado  
estás quieta y contenta;  
y gran parte del año  
lo transcurres así sin aburrirte.  
Yo también me siento sobre el prado, a la sombra,  
pero un pensamiento me agobia  
la mente, y un aguijón me roe  
así que, aún sentado, estoy lejos más que nunca  
de encontrar paz o descanso.  
Y nada deseo,  
y hasta ahora ninguna razón de llanto tengo.  
Lo que tú goces o cuánto,  
no sé decir; pero tú afortunada eres.  
Yo poco feliz me siento,  
¡oh rebaño mío, ni de esto sólo me lamento.
Si tú pudieses hablar, yo te preguntaría:
dime: ¿Por qué yaciendo
sin cuidado y ocioso,
todo animal descansa
mas si yo reposo, el tedio me asalta?

Tal vez, si tuviera alas
para volar sobre las nubes
y contar las estrellas una a una,
o como el trueno errar de cumbre en cumbre,
más feliz  sería, dulce rebaño mío,
más feliz  sería, cándida luna.
O tal vez, equivocado está,
considerando el destino de otros, mi pensamiento;
tal vez en toda forma, en todo 
estado que se encuentre, en una cueva o en una cuna,
funesto es a quien nace el día del nacimiento. 

Traducción de Marcela Filippi P.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char