miércoles, 14 de febrero de 2018

Calles con luz de patio

Jorge Luis Borges 
(Buenos Aires, 1899 - Ginebra, Suiza, 1986)
Tomada de montevideo.com.uy

Obligación no final de mi prólogo es no dejar en blanco esta observación. Los argentinos vivimos en la haragana seguridad de ser un gran país, de un país cuyo solo exceso territorial podría evidenciarnos, cuando no la prole de sus toros y la feracidad alimenticia de su llanura. Si la lluvia providencial y el gringo providencial no nos fallan, seremos la Villa Chicago de este planeta y aún su panadería. Los orientales, no. De ahí su claro que heroica voluntad de diferenciarse, su tesón de ser ellos, su alma buscadora y madrugadora. Si muchas veces, encima de buscadora fue encontradora, es ruin envidiarlos. El sol, por la mañanas, suele pasar por San Felipe de Montevideo antes que por aquí.

De su prólogo para la Antología moderna de la poesía uruguaya, 1900-1927, seleccionada por Ildefonso Pereda Valdés, El Ateneo, 1927
***
Montevideo

Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive. 
La noche nueva es como un ala sobre tus azoteas. 
Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente. 
Eres nuestra y fiestera, como la estrella que duplican las aguas. 
Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve. 
Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias. 
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas. 
Ciudad que se oye como un verso. 
Calles con luz de patio.
***
Afterglow

Siempre es conmovedor el ocaso 
por indigente o charro que sea, 
pero más conmovedor todavía 
es aquel brillo desesperado y final 
que herrumbra la llanura 
cuando el sol último se ha hundido. 
Nos duele sostener esa luz tirante y distinta, 
esa alucinación que impone al espacio 
el unánime miedo de la sombra 
y que cesa de golpe 
cuando notamos su falsía, 
como cesan los sueños 
cuando sabemos que soñamos.

martes, 13 de febrero de 2018

Solo el ardiente sol y las estrellas silenciosas son los mismos

Edgar Lee Masters
 (EE.UU., 1868 –  1950) 


Edith Conant

Estamos por acá -nosotros, los recuerdos;
Se nos empañan los ojos, nos espanta leer:
"Junio 17, 1884, edad: 21 años y 3 días."
Todo ha cambiado.
Y nosotros -nosotros, los recuerdos, parados aquí, librados a nosotros mismos,
Sin que nadie lo note, ni sepa por qué estamos acá.
Tu marido murió, tu hermana vive lejos,
Tu padre, abatido por los años,
Te olvidó, y apenas si abandona la casa
Cada tanto.
Nadie recuerda tu rostro exquisito,
Ni tu lírica voz.
Cómo cantabas -aún esa mañana en que fuiste golpeada-
Con dulzura penetrante, con pena conmovedora,
Antes de la llegada del niño que murió contigo.
Todo está olvidado, salvo por nosotros, los recuerdos
Olvidados por el mundo.
Todo cambió, excepto el río y la colina-
Incluso ellos cambiaron.
Solo el ardiente sol y las estrellas silenciosas son los mismos.
Y nosotros -nosotros, los recuerdos, permanecemos aquí, anonadados,
Cerrados nuestros ojos en el cansancio de las lágrimas-
En el cansancio inmensurable.

Versión: Isaias Garde

lunes, 12 de febrero de 2018

Su vanidad es más fuerte que su miseria

Giuseppe Tomasi di Lampedusa

(Palermo, Italia, 1896-Roma, id., 1957)

El Gatopardo
(Fragmentos)

Quedáronse extasiados ante el panorama y la irrupción de la luz. Pero confesaron que se habían quedado petrificados al observar el abandono, la vejez y la suciedad de los caminos de acceso. No les expliqué que una cosa derivaba de la otra, como he intentado hacer con usted. Uno de ellos me preguntó luego qué venían a hacer en Sicilia aquellos voluntarios italianos. “They are coming to teach us good manners (le respondí). But they won´t succeed, because we are gods”.Vienen para enseñarnos la buena crianza, pero no podrán hacerlo, porque somos dioses. Creo que no comprendieron, pero se echaron a reír y se fueron. Así le respondo también a usted, querido Chevalley, los sicilianos no querrán nunca mejorar por la sencilla razón de que creen que son perfectos. Su vanidad es más fuerte que su miseria.
(...)

Tancredi. Sin duda, gran parte del activo procedía de él: su comprensión, tanto más valiosa cuánto irónica; el placer estético de ver cómo se iba abriendo pasa entre las dificultades; el afecto burlón, como debe ser; después, los perros: Fufi, la gorda mops de su infancia; Tom, el impetuoso perro lanudo, confidente y amigo; los mansos ojos de Svelto; la encantadora estupidez de Bendicò; las suaves patas de Pop, el pointer que en aquel momento lo buscaba bajo los arbustos y poltronas de Villa Salina, y que jamás lo encontraría; algunos caballos, pero éstos ya más ajenos y distantes. También estaban las primeras horas de sus regresos a Donnafugata, el sentido de la tradición y lo perenne expresado en la piedra y en el agua, el tiempo congelado; los alegres escopetazos disparados durante algunas cacerías, la afectuosa matanza de conejos y perdices, la risa compartida ciertas veces con Tumeo, algunos minutos de contrición en el convento entre el olor a moho y confituras. ¿Algo más todavía? Sí, pero ya eran pepitas mezcladas con tierra: los momentos de satisfacción por haber sabido dar respuestas tajantes a los necios, el placer que había sentido al advertir que en la belleza y el carácter de Concetta se perpetuaba la estirpe de los Salina; algunos momentos de entusiasmo amoroso; la sorpresa de recibir la carta de Arago en la éste lo felicitaba espontáneamente por la exactitud de los arduos cálculos relativos al cometa Huxley. Y ¿por qué no?, la emoción que no había podido ocultar cuando le entregaron la medalla en la Soborna, el tacto delicado de ciertas sedas de corbatas, el olor de algunos cueros repujados, el aspecto risueño, el aspecto voluptuoso de algunas mujeres encontradas en la calle: la que ayer mismo había entrevisto en la estación de Catania, mezclada entre la muchedumbre, con su vestido de viaje marrón y los guantes de gamuza, que por un momento había parecido buscar su rostro destruido, desde el exterior de aquel compartimento lleno de suciedad. ¡Qué griterío el de la gente! “¡Bocadillos!” “Il Corriere dell’Isola” Y luego el jadeo del tren hasta extenuarse… Y el sol atroz a la llegada, las sonrisas embusteras, la eclosión de la catarata…
(...)

Mientras la sombra iba envolviéndolo se puso a calcular cuánto tiempo había vivido en realidad; su cerebro ya era incapaz de resolver un cálculo tan sencillo: tres meses, veinte días, seis meses en total, seis por ocho ochenta y cuatro…, cuarenta y dos… Se reanimó. “Tengo setenta y tres años, aproximadamente habré vivido, vivido, un total de dos… a lo sumo tres años.” ¿Cuántos habían sido los años de dolor, de tedio? El cálculo era fácil; todo el resto: setenta años. La raíz cúbica de ochocientos cuarenta mil… Sintió que su mano ya no apretaba la de otros. Tancredi se levantó rápidamente y abandonó la habitación… Y ya no era un río lo que salía de él, sino un océano, tempestuoso.”
(...)

(...) no es justo culpar de “desprecio” sólo a los señores puesto que éste es un vicio universal. Quien enseña en la Universidad desprecia a los maestrillos de las escuelas parroquiales, aunque no lo demuestre, y aunque está usted durmiendo puedo decirle sin reticencia que nosotros los eclesiásticos nos consideramos superiores a los laicos, y nosotros los jesuitas superiores al resto del clero, como ustedes los herbolarios desprecian a los sacamuelas quienes a su vez se ríen de ustedes. Los médicos, por su parte, se toman a guasa a los sacamuelas y a los herbolarios, y ellos son tratados por su parte de asnos por los enfermos que pretenden continuar viviendo con el corazón o el hígado hecho puré.
(...)

Veo, además, que me he explicado mal; dije los sicilianos, y hubiese debido añadir Sicilia, el ambiente, el clima, el paisaje siciliano. Estas son las fuerzas, y acaso más que las dominaciones extranjeras y los incongruentes estrupos, que formaron nuestro ánimo; este paisaje que ignora el camino de en medio entre la blandura lasciva y la maldita fogosidad, como debería ser una tierra hecha para morada de seres racionales, esta tierra que a pocas millas de distancia tiene el infierno en torno a Randazzo y la belleza de la bahía de Taormina; este clima que nos inflige seis meses de fiebre de cuarenta grados…. Y por si fuera poco las lluvias, siempre tempestuosas… Esta violencia del paisaje, esta crueldad del clima, esta tensión continua en todos los aspectos, estos monumentos, incluso, del pasado, magníficos pero incomprensibles porque no han sido edificados por nosotros y que se hallan en torno como bellísimos fantasmas mudos; todos esos gobiernos que han desembarcado armados viniendo de quien sabe dónde, inmediatamente servidos, al punto detestados y siempre incomprendidos, que se han expresado sólo con obras de arte enigmáticas para nosotros y concretísimos recaudadores de impuestos, gastados luego en otro sitio; todas estas cosas han formado nuestro carácter, que así ha quedado condicionado por fatalidades exteriores además de una terrible insularidad de ánimo.
(...)

Las caras de las señoras estaban lívidas, los trajes marchitos, las respiraciones
pesadas. «Virgen santa, ¡qué cansancio!, ¡qué sueño!» Por encima de sus corbatas en
desorden, las caras de los hombres eran amarillas y estaban arrugadas, y las bocas llenas de amarga saliva. Sus visitas a un cuartito reservado, al nivel del estrado de la orquesta, se hacían cada vez más frecuentes; en él estaban colocados ordenadamente una veintena de grandes orinales, llenos casi todos a aquella hora, algunos de los cuales se habían desbordado.
Advirtiendo que el baile estaba a punto de terminar, los criados amodorrados no cambiaban ya las velas de las lámparas: los cabos de velas expandían por los salones una luz difusa, humosa, y de mal agüero. En la sala del buffet, vacía, había solamente platos desmantelados, copas con un dedo de vino que los camareros se bebían apresuradamente, mirando en torno suyo. La luz del alba insinuábase plebeya por las rendijas de las ventanas.
La reunión se iba desmoronando y en torno a Donna Margherita había un grupo de gente que se despedía.
—¡Ha sido magnífica! ¡Un sueño! ¡Como antiguamente!

El último Gatopardo: vida de Giuseppe di Lampedusa. David Gilmour. Siruela, 2003. El Gatopardo. Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Alianza, Edhasa, Espasa-Calpe y Círculo de Lectores, 2007.

jueves, 8 de febrero de 2018

Aquí piensan en pandilla, se divierten en pandilla, ríen en pandilla

Charles Baudelaire

(París, Francia, 1821-id., 1867)

Por Elvio Gandolfo

Charles Baudelaire viajó a Bélgica en busca del esquivo dinero, para dar varias conferencias en el Círculo de las Artes y buscar editor. En carta a la madre reconoce:
Entre nosotros, todo va muy mal. Llegué demasiado tarde. Existe aquí una gran avaricia, una lentitud infinita para todas las cosas, una cantidad enorme de cerebros vacíos, para decirlo claro, toda esta gente es más estúpida que los franceses.

Baudelaire no soportaba a Bélgica ni a los belgas. Sin embargo pasó sus dos últimos años de lucidez en ese país, hasta que un ataque cerebral (secuela de una sífilis mal curada) lo devolvió a París. Parte de esa experiencia (vivir en un país detestado) la trasladó a una abundante serie de anotaciones que se conocieron poco a poco, muchos años después de su muerte.
Fuente: La Nación, mayo de 2015.
***
Pobre Bélgica
(Fragmentos, cartas de la época)

Todo ha sido un fracaso. Quiero, sin embargo, que me sirva para algo y estoy haciendo un libro sobre Bélgica. ¡Ya he escrito la parte relativa a las costumbres, usos, política, clero, librepensadores! Ahora paso a ocuparme de Amberes, Bélgica, Malinas, Brujas, Lieja, Gante, etc. En resumidas cuentas, lograré
hacer un libro divertido mientras me aburro soberanamente.
***
 Aquí es temido volverse tonto. Atmósfera de sueño. Lentitud universal. (El corredor del ferrocarril es un símbolo.)
*
 "En una callejuela, seis damas belgas mean cerrando el paso, unas de pie, otras de cuclillas, todas muy bien vestidas."
*

Aquí piensan en pandilla, se divierten en pandilla, ríen en pandilla. Los belgas forman sociedades para encontrar una opinión. Por esa razón, no hay gente que sienta más asombro o desprecio con quien tenga una opinión disconforme con la suya. Además, a un belga le resulta imposible creer que un hombre crea
en todo lo que él no cree. Luego todo disidente es persona de mala fe.
El belga es muy inclinado a alegrarse de la desgracia ajena. Lo cual resulta ser, por otro lado, un motivo de conversación, ya que ¡se aburre tanto! Devoción generalizada por la calumnia. Fui varias veces víctima suya.
La miseria, que tan fácilmente enternece el corazón del filósofo en todos los países, aquí sólo puede inspirarle el más irresistible asco.
Así de marcada está la faz del pobre, desde su origen, con el vicio y la bajeza incurables. En Francia, la libertad está limitada por el miedo a los gobiernos. En Bélgica está suprimida por la necedad nacional.
Estoy en contra de la anexión. Bastantes necios hay ya en Francia, sin contar los de los antiguos territorios anexionados: bordeleses, alsacianos y demás. Pero no me opondría a una invasión y una razia, como en la Antigüedad, al estilo de un Atila. Todo lo bello podría ser llevado al Louvre. Nos pertenece de manera
más legítima que a los belgas, ya que ellos no entienden nada de arte.
Los belgas son tan tontos que no están dispuestos a luchar por sus ideas. Bien distinto sería ante una subida del precio de la cerveza.
*
 "El belga es como el ruso, teme que lo examinen. Quiere ocultar sus llagas."
***
"En el último momento, en el momento de marcharme -a pesar de todas las ganas que tengo de ver a mi madre, a pesar del profundo aburrimiento mayor que el que me producía la estupidez francesa, que me hizo sufrir tanto durante varios años- me sobrecogió un terror -un miedo indecible, horror de volver a ver mi infierno, de cruzar París sin estar seguro de poder repartir a mansalva el dinero."
**
Carta a su madre: 
"Adivinaste sin duda mi terror a cruzar París sin dinero, de quedarme en París, mi infierno, solo seis o siete días, sin poder ofrecer garantías fidedignas a unos cuantos acreedores. No quiero volver a Francia más que gloriosamente."
**
Carta a su madre
¿Tendré el tiempo suficiente, en el supuesto de que no me fallen los ánimos, para reparar todo lo reparable en mi vida? Si por lo menos tuviera la certeza de disponer aún de cinco o seis años. ¿Pero quién puede estar seguro de eso? La muerte se ha vuelto en mí una idea fija: sin venir acompañada por miedos
ñoños tanto he sufrido ya y tanto se me ha castigado que creo que pueden perdonárseme muchas cosas me resulta sin embargo odiosa por cuanto reduciría a la nada todos mis proyectos y por cuanto no he cumplido ni con un
tercio de lo que debo hacer en este mundo.
**
Carta a Narcisse Ancelle
1° «No puedo moverme; 2°, tengo deudas; 3° para terminar el trabajo debo
visitar cinco o seis ciudades». (...) «Disculpe la parquedad de mi estilo; le escribo con una pluma que me han prestado».
Murió el 1° de septiembre de 1867.

Fuente: valparaisoediciones.es
Pobre Bélgica, Valparaíso eds. Granada, 2014. Traducción de Pablo M. López Martínez y Marie-Ange Sánchez 

miércoles, 7 de febrero de 2018

Y la anciana vivirá para contarlo

Eduardo Ainbinder
(Buenos Aires, Argentina, 1968) 

Foto: Mario Varela
Instrucciones para sostenerle la vela a una anciana

Si la materia no contuviera
sus propias leyes de autodestrucción
es probable que un demiurgo previsor
dejase precisas instrucciones
para la destrucción de lo rosado
blanquecino, beige, azul y oro,
lo rojizo, verdusco o incoloro,
en fin… de todo lo creado.
Pero las “Instrucciones para sostenerle
la vela a una anciana” son más bien imprecisas.
En ellas no figura cuánto tiempo
hay que sostener la vela,
si hasta el fin de nuestros días
o hasta que las pupilas se nos vuelvan cuadradas.
Y lo más preocupante, inquisidor de la conciencia,
si en todo caso cuando la vela se consuma
quien la sostiene estará muerto
y la anciana vivirá para contarlo.

Imagen: tomada del blog otra iglesia es imposible.

martes, 6 de febrero de 2018

Están ahí: cara con cara

VALERIA PARISO
(Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1970)




***
No di, sino que dejé todo lo que pude. Hay una diferencia enorme entre dar y dejar. Yo llegué sin nada. Entonces dejé lo único que podía dejar: cierto orden. Dejé y fui poniendo todo en su lugar, o donde creí que era su lugar: la magia en el fuego, el llanto sobre la nieve.

Tomado de su fb.
***
Especial para El Desaguadero Revista

Tal vez porque cuando aparece algo que podría disparar mi escritura, tomo especial cuidado en no escribir (sino que espero a que eso se asiente, se transforme) es que me cuesta hacer este ejercicio de recuperar la historia que está detrás de un poema.

La historia previa al poema ha sido deliberadamente disuelta o disgregada, hasta convertirse en material de trabajo, de modo que lo que me queda no es una historia sino una herramienta.

Unos versos de Margaret Atwood explican lo que quiero decir. Ella dice: «No preguntes por la historia real: / ¿para qué la necesitas?» (Historias reales*, Margaret Atwood, Traducción María Pilar Somacarrera Íñigo, Editorial Bruguera, España, 2010.).

Así trabajo.

Al momento de escribir no me importa si la historia que recuerdo fue real o no, lo que me importa es la evocación y lo que construyo a partir de aquello que operó como disparador de la escritura.
Ahora bien, hecha esta salvedad, voy a contar lo que vi y oí, tiempo antes de escribir uno de los poemas de Triza (Editorial de Todoslosmares, recientemente editado).  Elijo este porque acá está bien marcada la incidencia de la anécdota como parte del poema.

Una tarde iba caminando por una de las veredas de la plaza San Miguel. Era otoño. Cinco de la tarde. No me acuerdo cómo estaban los plátanos.

Enfrente de la plaza está la municipalidad y al lado de la municipalidad hay un bar y, como muchos bares, este saca las mesas y las sillas a la vereda. Había hombres conversando, sentados afuera.

La Municipalidad tenía las puertas abiertas pero no se veía a nadie.

Yo no me crucé. Seguí por la vereda de la plaza.

Sobre uno de los bancos de la plaza veo sentado a un perro abrazado a un hombre. El perro era negro, grande. El hombre tenía puesto un traje que alguna vez fue negro, roto, como de cien años, y no tenía zapatos.

Pasé delante de ellos y ninguno de los dos se movió. Hasta creo que me paré a mirarlos. Enfrente, en el bar, los hombres hablaban fuerte. 

Me acuerdo haber sentido que la calle Sarmiento, que separa la plaza del bar, separaba también el sonido. Todo el silencio de un lado, todo el ruido del otro.

El silencio de este lado, del lado por el que yo iba caminando, que era el mismo lado del perro y del hombre vestido de negro y sin zapatos, se me volvió enorme, perturbador. 

Tiempo después, escribí el poema.

15

Un perro de la calle abraza a un hombre.
Lo veo: el hombre sentado en la plaza
sube a su cuello las dos patas delanteras del perro.
El perro no le tiene miedo. Están ahí: cara con cara.
Los dos abandonados se abrazan.
En silencio se abrazan.
Hay dolor de huesos, de hembras.
En el amor a los dos los mordió el hambre.
No hay nada más animal que la belleza.
**
Incluyo el poema íntegro de Margeret Atwood:

La historia real es una mentira
dada entre las otras

un caos de colores, un revoltijo de ropa
arrojada a la basura,

como corazones de mármol, como sílabas, como
despojos de los carniceros.

La historia real es perversa
y múltiple, y es falsa

siempre. ¿Para qué
la necesitas? Nunca

preguntes por la historia real.

lunes, 5 de febrero de 2018

Es en el ínfimo que yo veo la exuberancia

Manoel Wenceslau Leite de Barros 

(Cuiabá, Mato Grosso, Brasil, 1916−Campo Grande, Mato Grosso del Sur, id., 2014)​

Poema 10
(De "Livro sobre Nada")

Mosca colgada en la vera de un rebosadero -
Me parece más importante que una joya pendiente.

Los pequeños envoltorios para momias de pajaritos
que lo antiguos egipcios hacían
Me parecen más importantes que el sarcófago de Tutankamon.

El hombre que dejó la vida por sentirse una cloaca -
Me parece más importante que una Central Nuclear.
Es decir, el culo de una hormiga es también muy más
importante que una Central Nuclear.

Las cosas que no tienen dimensiones son muy importantes.
Así que el pájaro tu-you-you es más importante por sus
pronombres que por su tamaño de crecer.

Es en el ínfimo que yo veo la exuberancia.

**
XIV                (recuerdo)

Entré en la Villa do Livramento (Villa de Nossa Senhora
do Livramento —completo) cabestreando una yegua
resabiada.
En el Largo do Tanque, donde existe todavía hoy una Iglesia
Romana, la yegua paró.
Resabiada.
El sacristán apareció (cabestreaba un caballo).
Aquella verga del caballo por detrás en la yegua adentro,
yo vi de cerca.
Mi ojo se crepusculó.
Una araña estornudo personalmente.
Dio para aprender la concepción sin leer el Pentateuco.

XV

Dentro del abandono de mi boca hay una lujuria.

XVI.

Vi un incendio de girasoles en el alma de una babosa.

XVII.

Ahondo un poco el río con mis zapatos
Despierto un sonido de raíces con eso
La altura del sonido es casi azul.


Traducción de Clara Aguilar
Extraídos de la revista  "DESHORA -  Revista de Poesía".  No. 8 Octubre de 2001 (Medellin, Colombia). Y de partidodoritmo.blogspot.com.ar

sábado, 3 de febrero de 2018

Hasta el traje del poeta y su conversación con su mujer debe ser diferente y determinada por toda su producción poética

VLADIMIR MAIACOVSKY
(1893-1930)

PASADA LA UNA DE LA MAÑANA...

Pasada la una de la mañana. Debés haberte ido a la cama.
La Vía Láctea derrama un río de plata a través de la noche.
No tengo apuro; con relampagueantes telegramas
No tengo motivos para despertarte o preocuparte.
Y, como dicen, el incidente está cerrado.
El bote del amor se ha estrellado contra la amoladora diaria.
Ahora vos y yo somos renunciantes. Para qué molestarse
en saldar penas mutuas, dolores y heridas.
Mirá qué quietud se establece sobre el mundo.
La noche envuelve el cielo en tributo de las estrellas.
En horas como éstas, uno se alza para arengar
Las épocas, la historia, y la creación toda.


[Encontrado en el bolsillo de Maiacovsky después de pegar-
se un tiro. Parece haber sido parte de un poema más extenso
sobre el que estaba trabajando en ese tiempo.]
[Del inglés, George Reavey]
***
1. La poesía es una producción dificilísima, complicadísima pero es producción.
2. Enseñar a escribir versos, no es estudiar la preparación de determinado tipo de obras poéticas, sino estudiar los medios utilizados en cualquier trabajo poético, estudiar los hábitos de producción, que ayudan a crear estos nuevos medios.
3. La novedad del material y de los medios de expresión es indispensable para toda obra poética.
4. El trabajo del poeta debe ser cotidiano, debe trabajar todos los días para mejorar su dominio en la materia y acumular reservas poéticas.
5. Una buena libreta de apuntes, y saber manejarla, es más importante que saber escribir sin cometer errores en alguna métrica anticuada y moribunda.
6. No hay por qué lanzar en marcha un gran taller poético para hacer únicamente pequeños encendedores poéticos. Se debe eludir esa forma irracional de trabajo. Se debe tomar la pluma cuando no tenemos otro medio para expresarnos más que en verso. Hay que escribir ciertas obras únicamente cuando se siente con absoluta claridad el encargo social.
7. Para comprender con justeza el encargo social, el poeta debe estar en el centro de los acontecimientos. Los conocimientos teóricos de economía política, el conocimiento real de la vida, el ambiente, los conocimientos de historia son para el poeta más importantes que los tratados escolásticos que siguen rezando a viejos ídolos y profesores dogmáticos e idealistas.
8 Para el cumplimiento mejor del encargo social, debemos estar a la vanguardia de nuestra clase más progresista, debemos luchar juntos con ella en todos los frentes de combate. Debemos hacer trizas la leyenda del arte apolítico. Este viejo cuento surge ahora bajo un nuevo aspecto, cubierto por la charla de los amplios panoramas épicos (primero épicos, luego objetivos y por último sin partido), hablando del gran estilo (primero grande, luego elevado y por último celestial), etc., etc.
9. Si tratamos al arte únicamente como una producción complicadísima, se eliminará la casualidad, la falta de principios en los gastos y la arbitrariedad en las valoraciones individuales. Al tratar al arte únicamente como una producción se ubicarán las diferentes ramas del trabajo literario con los mismos derechos de existencia; los del verso y la nota del corresponsal obrero y campesino. En vez de reflexiones místicas sobre un tema poético permitirá tratar el problema de acuerdo a una rigurosa calificación 
10. Es imposible darle un valor decisivo y dominante a la así llamada elaboración técnica. Pero, precisamente esa elaboración hace de la obra poética su valor y crea las posibilidades de su utilidad. Únicamente la diferencia de estos medios de elaboración crea la diferencia entre los poetas; sólo el conocimiento, el perfeccionamiento, la acumulación, la diversificación de métodos literarios hace de un hombre un escritor profesional.
11. El ambiente cotidiano tiene influencias también en la conciencia del poeta y en la creación de sus obras como los demás factores de su ambiente. La palabra “bohemia” se ha transformado en un elemento negativo para todo ambiente artístico. Por desgracia, la lucha contra estos elementos se hace sólo con palabras y no con medios. Es un hecho, por desgracia, la existencia de ese clima gastado y conocido de carrierismo literario, de individualismo, de estrechos intereses y mezquindades de círculo, de reemplazo de conceptos poéticos por otros de calidad muy inferior. Hasta el traje del poeta y su conversación con su mujer debe ser diferente y determinada por toda su producción poética.
12. Nosotros, los del L.E.F. (Frente de Izquierda), jamás decimos que somos los únicos dueños de los secretos de la creación poética, pero sí somos los únicos que deseamos descubrir esos secretos, los únicos que no queremos rodear la creación poética con especulaciones de carácter artístico-religiosas.
Fuente: laplumadelescritor.wordpress.com

viernes, 2 de febrero de 2018

Tiembla, líquida al tacto de la mente

John Burnside 
(Dumeferline, Escocia, 1955)

Como yo, a veces despiertas
temprano, en la penumbra,
convencido de haber conducido durante horas
tierra adentro,
sintiendo aún en torno a ti,
bailando ante los faros,
los árboles que fluyen, las aves sobresaltadas
y el ganado que veranea al aire.

A veces, te demoras durante días
en una palabra,
una sola gota incontaminada
de sonido; durante días

tiembla, líquida al tacto de la mente,
luego cae:
mera denotación, desvaneciéndose
en el reflujo del lenguaje.
**
PUEBLO MINERO EN INVIERNO

Todo se desvanecía en la nieve,
nudillos de carbón y huesos de zorro
y muñecas abandonadas en los jardines,
con labios encarnados y desnudas.

Sacábamos las palas para limpiar las calles,
pero al llegar la noche volvían a esfumarse
y los coches yacían enterrados y mudos
en Fulford Road.

Como si nos hubiéramos perdido, decía ella;
mas yo sentía a los vecinos soñando en la negrura,
y los veía envueltos en bufandas y abrigos
los domingos: almas prudentes, de pies estrechos,
convertidas en vástagos de una luz repentina,
asombradas de verse tan misteriosas.
**
SEÑAL DE STOP, CERCA DE HORSLEY

Humo en el bosque
igual que un personaje de película muda
que caminara junto a los raíles.

Una forma que reconozco; no es humo, o no es sólo el humo,
y tampoco es la nieve sobre los avellanos
o las huellas de un zorro entre el andén y los árboles,

sino el invierno, ni amigo
ni extraño, como la niña que a veces vislumbro

al alba, cerca de la barrera, con un vestido
de bayas y aguanieve, viendo pasar el tren.

Traducción de Jordi Doce

jueves, 1 de febrero de 2018

¿Quién no se cayó en la cubierta?

Serguéi Aleksándrovich Esenin 

(Konstantínovo, Rusia,-Leningrado, URSS, 1925) 

¡Dejaos ya de riñas! ¡Es la vida!…

¡Dejaos ya de riñas! ¡Es la vida!
¡Yo no comercio con palabras!
Se ha vuelto grave y ya se dobla
mi cabeza dorada hacia la espalda.

Por aldea y ciudad amor no siento.
¿Cómo pude sentir alguno?
Todo lo dejaré y, con barba larga,
iré por Rusia cual vagabundo.

Olvidaré los poemas y los libros,
me echaré un saco sobre la espalda,
porque en los campos, a un perdido,
más que a ninguno el viento canta.

Apestaré a rábano y cebolla
y, turbando la quietud del la tarde,
me sonaré ruidosamente con la mano
y haré simplerías en todo.

Y no necesito mejor suerte
que olvidar escuchando la cellisca,
pues sin estas extravagancias
no sé vivir en este mundo.

Versión de Olga Starovoitova y José Jiménez
**
CARTA A UNA MUJER 

Usted se acuerda,
usted, claro, de todo se acuerda,
cuando andaba nerviosa
por la estancia
- yo a la pared pegado –
y me reñía
con acerbas palabras.

Decía usted
que había llegado
la hora de separarnos,
que a causa de mis locuras
sufría mucho,
que iba a dedicarse a sus cosas,
y que yo estaba condenado
a rodar por la pendiente.

Querida:
Usted no me amaba.
Ignoraba que entre el gentío
era yo cual caballo espumeante,
espoleado por audaz jinete.
Ignoraba
que entre aquella humareda,
en la fosca tormenta de la vida
sufría yo, sin comprender
lo que se avecinaba.
De cara a cara
no se ve el rostro.
Lo grande se ve a distancia.
Cuando el mar se encrespa,
corren riesgo las naves.
¡Y de pronto
se convirtió la tierra
en una nave!
Alguien
empuñó majestuoso el timón
rumbo a la nueva vida prodigiosa
por entre vendavales y tormentas.
¿Quién no se cayó en la cubierta?
¿Quién no vomitó y no maldijo?
Pocos hubo que no se mareasen,
que venciesen aquel torbellino.
Entonces
entre un clamor salvaje,
sabiendo bien lo que me hacía
bajé a la bodega
para no ver vomitar a la gente.
Aquella bodega
era eso: la taberna.
Yo me entregué al vino
para no padecer por nadie
y hundirme
en la embriaguez.
Querida:
La hice sufrir, es cierto.
En sus cansados ojos
se asomaba la pena
al ver que yo, ostentosamente,
me consumía en escándalos diarios.
Pero usted ignoraba
que entre aquella humareda,
en la fosca tormenta de la vida,
sufría yo,
sin comprender
lo que se avecinaba…

Han pasado los años.
Mi edad es ya otra.
Ahora pienso de distinto modo.
Ahora brindo en los días de fiesta
por el gran timonel.
Me embargan hoy
amables sentimientos.
Al recordar su angustia
quiero apresurarme
a decirle
lo que fui antes,
lo que soy ahora.
Querida:
Me complace comunicarle
que no rodé por la pendiente.
Vivo en el Territorio Soviético
como el más entusiasta adherente.
No soy ya
el de antes.
Ahora no la haría sufrir
como entonces.
Tras la bandera de la libertad
y del trabajo luminoso,
estoy dispuesto a ir
al fin del mundo.
Perdóneme…
Sé que usted no es la de ayer.
Ahora vive
con un marido serio, inteligente.
A usted no le hacen falta
nuestros duros quehaceres,
y yo tampoco
le hago la menor falta.
Viva bajo
el signo de su estrella,
bajo su mansión renovada.

La saluda su amigo
que jamás la olvida,
Serguéi Esenin

Traducción de José Santacreu
***
En memoria de Sergio Esenin
León Trostky

Hemos perdido a Esenin, ese poeta admirable, de tanta frescura, de tanta sinceridad.
¡Y qué trágico fin! Se ha ido por voluntad propia, diciendo adiós con su sangre a un
amigo desconocido, quizá, para todos nosotros. Sus últimas líneas sorprenden por su
ternura y dulzura; ha dejado la vida sin clamar contra el ultraje, sin protestas vanidosas, sin dar un portazo, cerrando dulcemente la puerta con una mano por la que corría la sangre. Con este gesto, la imagen poética y humana de Esenin brota en un inolvidable resplandor de adiós.
Esenin compuso los amargos “Cantos de un hooligan” y dio a las insolentes coplas
de los tugurios de Moscú esa inevitable melodía eseniana que sólo a él pertenecía. Con
frecuencia se jactaba de gestos vulgares, de una palabra cruda y trivial. Pero bajo esta apariencia palpitaba la ternura particular de un alma indefensa y desprotegida. Con esa grosería semifingida, Esenin trataba de protegerse contra las durezas de la época que le había visto nacer, pero no tuvo éxito. “No puedo más”, declaró el 17 de diciembre sin desafío ni recriminación el poeta vencido por la vida. Conviene insistir en esa grosería semifingida porque, lejos de ser simplemente la forma escogida por Esenin, era también la huella dejada por las condiciones de nuestra época, tan escasamente tierna, tan poco dulce.
Cubriéndose con la máscara de la insolencia —y pagando a esa máscara un tributo
considerable y por tanto nada ocasional—, está claro que Esenin se ha sentido siempre
extraño a este mundo. Y esto no es una alabanza, porque precisamente por esa
incompatibilidad hemos perdido a Esenin; tampoco se la reprocho: ¿quién pensaría en
condenar al gran poeta lírico que no hemos sabido guardar entre nosotros?
Áspero tiempo el nuestro, quizá uno de los más expertos de la historia de esta
Humanidad que se dice civilizada. Todo revolucionario nacido para estas pocas decenas
de años está poseído por un patriotismo furioso para esta época, que es su patria en el
tiempo. Pero Esenin no era un revolucionario. El autor de Pugachev y de las Baladas de
los veintiséis era un lírico íntimo. Nuestra época no es lírica. Es la razón esencial por la que Sergio Esenin, por propia voluntad y tan temprano, se ha ido lejos de nosotros y de nuestro tiempo.
Las raíces de Esenin son profundamente populares, y, como todo en él, su fondo
“pueblo” no es artificial. La prueba más indiscutible se encuentra no en sus poemas sobre la rebeldía popular, sino nuevamente en su lirismo:

Tranquilo, en el matorral de enebros, junto al barranco
El otoño, yegua alazana, agita sus crines.

Esta imagen del otoño y tantas otras han asombrado, en primer lugar, como audacias
gratuitas. El poeta nos ha obligado a sentir las raíces campesinas de sus imágenes y a
dejarlas penetrar profundamente en nosotros. Fet no se habría expresado así, y Tiuchev,
menos. El fondo campesino —aunque transformado y afinado por su talento creador—
estaba sólidamente anclado en él. Es el poder mismo de ese fondo campesino lo que ha
provocado la debilidad propia de Esenin: había sido arrancado al pasado y desarraigado,
sin nunca poder arraigarse en el presente.
La ciudad no le había fortalecido, al contrario, le había quebrantado y herido. Sus
viajes por el extranjero, por Europa y el otro lado del océano, no habían podido 
“levantarle”. Había asimilado más profundamente Teherán que Nueva York y el lirismo
interior del niño de Riazán encontró en Persia más afinidades que en las capitales cultas de Europa y de América.
Esenin no era hostil a la revolución y jamás le fue ella extraña; al contrario, constantemente tendía hacia ella, escribiendo a partir de 1918:

¡Oh madre, patria mía, soy bolchevique!
Y algunos años más tarde escribía:
Y ahora para los soviets
soy el más ardiente compañero de viaje.

La revolución penetró violentamente en la estructura de sus versos y en sus
imágenes que, confusas al principio, se depuraron. En el derrumbe del pasado, Esenin no
perdió nada, nada lamentó. ¿Extraño a la revolución? No, pero la revolución y él no tenían la misma naturaleza. Esenin era un ser íntimo, tierno, lírico; la revolución es pública, épica, llena de desastres. Y un desastre fue lo que ha roto la corta vida del poeta. Se ha dicho que cada ser porta en sí el resorte de su destino, desarrollado hasta el final por la vida. En esta frase no hay más que una parte de verdad. El resorte creador de Esenin, al desenroscarse, ha chocado con los ángulos duros de la época, y se ha roto.
Hay en Esenin muchas hermosas estrofas contagiadas de su época. Toda su obra está
marcada por el tiempo. Y, sin embargo, Esenin “no era de este mundo”. No es el poeta de
la revolución:

Yo tomo todo, todo, tal como es, acepto,
Dispuesto estoy a seguir caminos ya trillados,
Daré mi alma entera a vuestro Octubre y a vuestro Mayo,
Pero mi lira bienamada nunca la cederé.

Su resorte lírico no habría podido desarrollarse hasta el final más que en una
sociedad armoniosa, feliz, plena de cantos, en una época en que no reine como amo y
señor el duro combate, sino la amistad, el amor, la ternura. Ese tiempo llegará. En el
nuestro, se incuban todavía muchos combates implacables y salutíferos de hombres contra
hombres, pero vendrán otros tiempos que preparan las actuales luchas. La personalidad del hombre se expandirá entonces como una auténtica flor, como se expandirá la poesía. La revolución arrancará para cada individuo el derecho no sólo al pan, sino a la poesía. En su último momento, ¿a quién escribió Esenin su carta de sangre? ¿Quizá llamaba de lejos a un amigo que aún no ha nacido, el hombre de un futuro que algunos preparan con sus luchas como Esenin lo preparaba con sus cantos? El poeta ha muerto porque no era de la misma naturaleza que la revolución. Pero en nombre del porvenir, la revolución le adoptará para siempre.
Desde los primeros tiempos de su obra poética, Esenin, consciente de ser interiormente incapaz de defenderse, tendía hacia la muerte. En uno de sus últimos cantos se despidió de las flores:

Y bien, amadas mías,
Os he visto, he visto la tierra
y vuestro fúnebre temblor
o tomaré como una caricia nueva.

Sólo ahora, después del 27 de diciembre, todos nosotros, que le hemos conocido mal
o bien, podemos comprender totalmente la sinceridad íntima de su poesía, cada uno de
cuyos versos estaba escrito con la sangre de sus heridas venas. Nuestra amargura es tanto más áspera por eso. Sin salir de su dominio íntimo, Esenin encontraba, en el
presentimiento de su próximo fin, una melancólica y emocionante consolación:

Escuchando una canción en el silencio,
mi amada, con otro amado
se acordará quizá de mí
como de una flor única.

En nuestra conciencia un pensamiento suaviza el dolor agudo todavía reciente: este
gran poeta, este auténtico poeta, ha reflejado a su manera su época y la ha enriquecido con sus cantos, que hablan de forma nueva del amor, del cielo azul caído en el río, de la luna que como un cordero pace en el cielo, y de la flor única, él mismo.
Que en este recuerdo al poeta no haya nada que nos abata o nos haga perder valor.
El resorte que tensa nuestra época es incomparablemente más poderoso que nuestro
resorte personal. La espiral de la historia se desarrollará hasta el fin. No nos opongamos a él, sino que ayudémosle con toda la fuerza consciente de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad. Preparemos el porvenir. Conquistemos, para todos y para todas, el derecho al pan y el derecho al canto.
El poeta ha muerto, ¡viva la poesía! Indefenso, un hijo de los hombres ha rodado en
el abismo. Pero viva la vida creadora en la que hasta el último momento Sergio Esenin ha entrelazado los hilos preciosos de su poesía.
Pravda, 19 de enero de 1926.

miércoles, 31 de enero de 2018

Por el placer de la tristeza vivo alegre

ADÉLIA PRADO
Adélia Luzia Prado Freitas
(Divinópolis, Minas Gerais, Brasil, 1935)



Lectura 

Era un patio sombreado y un muro alto de piedras.
Los manzanos de frutos extemporáneos,
de cáscara roja, de oscurísimo vino,
el gusto exquisito de las cosas deseadas fuera de su tiempo.
A lo largo del muro había cántaros de barro.
Comía manzanas, bebía la mejor agua,
sabiendo que allá afuera el mundo
se había detenido por el calor.
Después encontré a mi padre,
que me hizo fiesta y no estaba enfermo y ni había muerto,
por eso reía, los labios de nuevo y la cara circulados de sangre,
procuraba hacer algo para gastar su alegría:
¿dónde está mi formón, mi caña de pescar,
dónde mi encendedor, mi pocillo de café?
Siempre sueño que una cosa engendra,
nada está muerto nunca.
Lo que no parece vivo, abona.
Lo que parece estático, espera.
**
Lo que la musa eterna canta 

Cese de una vez mi vano deseo
de que el poema sirva para todas las hambres.
Un jugador de futbol llegó a a declarar así:
"Me da rabia que me llamen intelectual,
soy un hombre como todos los otros".
Ah, qué sabiduría, como todos los otros,
a quien le bastó descubrir:
si quiero letras es para pedir empleo,
agradecer favores, escribir mi nombre completo.
Lo demás es línea mal-trazada.
**
Atávica 

Mi madre me daba el pecho y yo escuchaba,
el oído pegado a la fuente de sus suspiros:
"Oh, Dios mío, mi Jesús, misericordia".
Comía leche y culpa de estar alegre cuando lo estoy.
Si me hubiese quedado en el campo sería plañidera,
rezadora de rosario cantadora,
lo que en la vida es belleza sin deslumbramientos,
las tristezas maravillosas.
Mas vine a la ciudad a hacer
versos tan tristes que dan gusto.
Mi Jesús, misericordia.
Por el placer de la tristeza vivo alegre.
**
Antes del nombre

No me importa la palabra, la palabra común
lo que quiero es el espléndido caos de donde emerge la sintaxis
los sitios oscuros donde nacen: de, sino,
el, sin embargo, que, esta incomprensible
muleta que me apoya.

Quien entiende al lenguaje, entiende a Dios,
cuyo Hijo es Verbo. Muere quien entiende.

La palabra es disfraz de una cosa más grave, sorda-muda,
fue inventada para ser callada.

En momentos de gracia, infrecuentísimos,
se le podrá atrapar: un pez vivo con la mano.
Puro susto y terror.

Versiones de José Francisco Navarro
Tomados del blog huellasenlacienaga

martes, 30 de enero de 2018

Feroz y placentero hasta hacer perder el sentido, pero lleno de microbios.

Amos Oz

(Jerusalén, Israel, 1939)
De Una historia de amor y oscuridad
(Fragmentos)

Para mostrar sentimientos colectivos no tenían ninguna dificultad, eran personas sensibles y sabían hablar. Y cómo hablaban, podían pasarse tres o cuatro horas discutiendo acaloradamente sobre Nietzsche, Stalin, Freud, Jabotinsky, dejarse el alma en ello, llegar a llorar de emoción, cantar
sobre el colonialismo, el antisemitismo, la justicia, la «cuestión de la tierra», la «cuestión de la mujer», la «cuestión del arte frente a la vida». Pero, cuando intentaban expresar un sentimiento personal, siempre salía algo contraído, árido, quizás incluso atemorizado, fruto de generaciones y generaciones bajo la represión y la prohibición. Prohibiciones en un doble sentido: la educación burguesa europea multiplicaba las trabas del provincianismo religioso judío. Casi todo estaba «prohibido» o era «inaceptable» o «inadecuado».
Por otra parte, en aquella época había una gran carencia de palabras: el hebreo no era aún una lengua natural, y por supuesto no era una lengua íntima, era difícil saber lo que ibas a decir cuando hablabas hebreo. Nunca podían estar seguros de no hacer el ridículo, y ese miedo al ridículo los atemorizaba día y noche. Tenían un miedo mortal. Incluso personas como mis padres, que sabían bastante bien hebreo, no lo dominaban del todo. Hablaban hebreo con temor a la imprecición, se repetían frecuentemente,
intentando expresar de nuevo lo que acababan de decir: tal vez se sienta así un conductor miope que va de noche por las callejuelas de una ciudad extraña en un vehículo que no conoce.
Una vez vino una amiga de mi madre, una maestra llamada Lilia Bar Samka, a pasar con nosotros el Shabbat. Durante la conversación, la invitada no dejaba de repetir «estoy horrorizada», y una vez o dos dijo también «él se encuentra en una situación horrorosa»; yo me partía de la risa, porque para mí el verbo «horrorizar» significaba «tirarse pedos», y ellos no entendieron la gracia, o la entendieron e hicieron como que no la entendían. Lo mismo ocurría cuando decían que la tía Clara siempre estropeaba las patatas fritas, pues para mí «estropear» significaba «cagarla», o cuando mi padre hablaba de la carrera armamentística de las superpotencias o se mostraba totalmente contrario a la decisión de la OTAN de armar, un verbo que para mí significaba «joder», a Alemania para disuadir a Stalin.
Mi padre, por su parte, se enfadaba cada vez que yo usaba la palabra «engañar», una palabra completamente inocente; no entendía por qué le irritaba y él, por supuesto, no me lo explicó, y no se podía preguntar. Al cabo de los años supe que antes de nacer yo, en los años treinta, «engañar» significaba dejar a una mujer embarazada, y no sólo eso, sino dejarla embarazada y no casarse con ella. La expresión «engañarla» quería decir en ocasiones, simplemente, acostarse con ella: «Esa noche en el almacén la engañó dos veces y por la mañana, el muy canalla, hizo como que no la conocía». Y, por eso, si yo decía: «Uri ha engañado a su hermana», mi padre hacía una mueca y fruncía la nariz. Obviamente nunca me lo explicó, ¿cómo iba a hacerlo? En los momentos íntimos ellos no hablaban en hebreo. Y en los momentos más íntimos no hablaban en absoluto. Permanecían callados. La sombra del miedo a parecer o sonar ridículo se cernía sobre todo. 
***
Una vez, cuando tenía siete u ocho años, mientras íbamos sentados en la penúltima fila del autobús de camino a la clínica o a una zapatería infantil, mi madre me dijo que es cierto que los libros pueden cambiar con los años igual que las personas cambian con el tiempo, pero que la diferencia está en que casi todas las personas al final te abandonan a tu suerte, cuando llega un día en que no obtienen de ti ningún provecho o ningún placer o ningún interés o al menos algún buen sentimiento, mientras que los libros jamás te abandonan. Tú los abandonas a ellos a veces, y a algunos incluso los abandonas durante muchos años, o para siempre. Pero ellos, los libros, aunque los hayas traicionado, jamás te dan la espalda: en completo silencio y con humildad te esperan en la estantería. Te esperan incluso decenas de años. No se quejan. Hasta que una noche, cuando de pronto necesitas uno, aunque sea a las tres de la madrugada, aunque sea un libro que has rechazado y casi has borrado de tu mente durante muchos años, no te decepciona y baja de la estantería para estar contigo en ese duro momento. No echa cuentas, no inventa excusas, no se pregunta si le conviene, si te lo mereces o si aún tienes algo que ver con él, sencillamente acude de inmediato cuando se lo pides. Jamás te traiciona.
***
 A veces, cuando pasábamos por la calle Ben Yehuda o por la avenida Ben Maimón, mi padre me susurraba: «Mira, por ahí va un intelectual de renombre». Yo no sabía a qué se refería. Creía que el renombre tenía que ver con una enfermedad de las piernas, pues muchas veces se trataba de un anciano, cuyo bastón le precedía tanteando la calle y cuyas piernas vacilaban ligeramente, vestido incluso en verano con un grueso traje de lana.
***
Al final murió de un ataque al corazón; eso es un hecho. Pero no fue el ataque al corazón sino su limpieza lo que la mató. O no fue la limpieza, sino sus deseos secretos. O no fueron sus deseos, sino el terrible terror a los deseos. O no fueron la limpieza ni sus deseos, ni tampoco el terror a los deseos, sino precisamente su rabia eterna e inconfesable hacia ese terror, una rabia reprimida, una rabia perniciosa, como una infección mal curada, rabia contra su cuerpo, rabia contra sus deseos, y también otro tipo de rabia más profunda, rabia por rechazar sus deseos, una rabia turbia, venenosa, rabia contra el aislamiento y la reclusión, años y años de duelo secreto por el tiempo yermo que pasa y por el cuerpo que se seca y por el deseo del cuerpo, ese deseo lavado miles de veces y enjabonado hasta reprimirlo, desinfectado, frotado y hervido, el deseo de ese Levante sucio, sudoroso, feroz y placentero hasta hacer perder el sentido, pero lleno de microbios.

De Una historia de amor y oscuridad, traducción de Raquel García Lozano, Siruela, Madrid, 2004.

lunes, 29 de enero de 2018

Huyo hacia los mismos lugares y palabras

Tomas Tranströmer 

(EstocolmoSuecia1931-Ibídem, 26 de marzo de 2015)

Alcaico

Un bosque de mayo. Toda mi vida trasguea aquí:
....la invisible mudanza. Un canto de pájaro.
...........En silenciosos charcos, signos de preguntas
.................furiosos danzan: larvas de mosquitos.

Huyo hacia los mismos lugares y palabras.
..........Brisa fría del mar, lame el dragón de hielo
...................mi nuca duerme mientras el sol quema.
.......................Con llamas tibias arden los enseres.

Traducción de Roberto Mascaró.
**
MADRIGAL
Heredé un bosque sombrío donde rara vez voy. Mas llegará un día en que los muertos y los vivos cambien de lugar. Entonces, el bosque se pondrá en movimiento. No estamos sin esperanzas. Los crímenes más difíciles continúan sin aclarar a pesar de los esfuerzos de muchos policías. Del mismo modo, hay en nuestra vida un gran amor sin aclarar. Heredé un bosque sombrío pero hoy yo camino en otro bosque, el luminoso. ¡Todas las criaturas que cantan, serpentean, mueven la cola y se arrastran! Es primavera y el aire es muy fuerte. Tengo un diploma de la universidad del olvido y estoy tan vacío como la camisa que se seca en el cordel.
Versión de Omar Pérez Santiago
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char